La reunión entre el presidente de Colombia, Gustavo Petro, y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, marca un momento crítico en la relación bilateral. Tras meses de tensiones y discrepancias sobre temas adversos, ambos mandatarios se encontrarán en un contexto en el que varios asuntos están en juego: lucha antidrogas, comercio, extradiciones y la situación de Venezuela.
Dentro de esta agenda, Venezuela emerge como uno de los temas más delicados y polémicos. El presidente colombiano ha abogado por un enfoque más diplomático en relación con el país vecino, planteando que la paz colombiana está intrínsecamente ligada a la paz venezolana. Por su parte, la administración estadounidense ha mantenido una postura más dura, especialmente tras acciones militares recientes en la región y desacuerdos sobre cómo abordar la gobernanza en Caracas.
Si bien este punto de Venezuela es legítimo desde la perspectiva de ambos países, también puede convertirse en un obstáculo si se intenta imponer una visión única como condición para avanzar en la cooperación global. Aquí es donde Luis Gilberto Murillo aporta una lectura distinta: no se trata de eludir diferencias, sino de reconocer que no todos los puntos de desacuerdo deben bloquear la construcción de soluciones compartidas. Una relación madura entre aliados no se define por la ausencia de discrepancias, sino por la capacidad de tratar uno por uno los temas y dejar a un lado aquellos donde no encuentra consenso, sin que eso afecte la agenda común.
Optar por soslayar el tema de Venezuela cuando no exista un acuerdo firme no es indiferencia, sino pragmatismo diplomático; pues este enfoque permite que Colombia y Estados Unidos no sacrifiquen cooperación en áreas críticas, como la lucha contra el narcotráfico, la seguridad fronteriza y el desarrollo económico, por una sola divergencia que, aunque relevante, no debe paralizar toda la agenda bilateral.
Al final, este momento puede ser una oportunidad para demostrar que la amistad entre países no se mide por la coincidencia absoluta en todos los temas, sino por la capacidad de avanzar juntos, incluso dejando a un lado lo que nos divide para centrarnos en lo que nos une. Ese es el tipo de diplomacia que propongo: no una diplomacia de confrontación, sino una diplomacia que sabe cuándo avanzar, cuándo dialogar y cuándo hay que dejar a un lado las diferencias para construir cooperación y bienestar compartido.






