Cómo gestioné la relación con Venezuela y por qué advierto un cambio preocupante

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Durante mi tiempo como ministro de Relaciones Exteriores, trabajé para construir una relación con Venezuela basada en lo que llamé una distancia prudente. Ese enfoque no buscaba ni la confrontación permanente ni la cercanía ideológica: buscaba proteger los intereses de Colombia, actuar con responsabilidad diplomática y promover una salida democrática para el pueblo venezolano.

La relación bilateral con Venezuela es compleja, sensible y estratégica. Por eso requiere un manejo serio y coherente, alejado de impulsos y alineado con los principios democráticos que Colombia ha defendido históricamente.

 

Murillo y la “distancia prudente”: una estrategia de Estado, no de ideología

La distancia prudente tenía un propósito claro: preservar una relación de Estado a Estado, evitar tensiones innecesarias y, al mismo tiempo, no renunciar a los valores democráticos que guían nuestra política exterior.

Bajo ese enfoque:

  • Se mantuvieron canales diplomáticos abiertos, incluso con figuras del régimen.

  • Se evitó legitimar excesos o retrocesos democráticos.

  • Se actuó con firmeza frente a violaciones de derechos políticos.

  • Se protegieron los intereses fronterizos, comerciales y migratorios de Colombia.

Esa estrategia permitió avanzar con equilibrio y sin comprometer la credibilidad del país ante la comunidad internacional.

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El G3: una apuesta por una salida democrática en Venezuela

Uno de los esfuerzos más importantes que lideré fue la creación del G3, una mesa de concertación diplomática entre Colombia, Brasil y México.
El objetivo era claro: trabajar de manera conjunta hacia una solución política y electoral en Venezuela, evitando intervenciones unilaterales y promoviendo acuerdos realistas.

Fue un proceso complejo y diplomáticamente exigente. Hubo interlocución con diversos actores, incluidos representantes del régimen, aunque no siempre hubo reciprocidad plena.
Aun así, Colombia mantuvo una voz clara, seria y respetada en el proceso regional.

 

Defensa de la democracia y del derecho a participar

Durante mi gestión, el presidente Petro y yo fuimos firmes en un punto central: excluir opositores del proceso electoral venezolano era inaceptable.
Lo dijimos de manera pública y privada. La democracia no se defiende con silencios, sino con posiciones claras.

La restricción política impuesta a liderazgos como María Corina Machado contradecía los estándares democráticos de la región, y Colombia no podía avalarlo.

 

Un cambio preocupante en la relación actual con Venezuela

Hoy observo con preocupación un giro en el manejo de la política exterior hacia Venezuela. Veo señales de un acercamiento mayor al régimen, un cambio sustancial respecto a la distancia prudente y sana que construimos durante mi gestión en la Cancillería.

No lo digo para señalar responsables. Lo digo porque una relación demasiado alineada, sin distancia institucional, puede:

  • Debilitar la posición democrática de Colombia.

  • Afectar nuestra credibilidad internacional.

  • Desestimar los riesgos de replicar modelos autoritarios en la región.

  • Comprometer intereses estratégicos en seguridad, frontera y comercio.

La política exterior no puede confundirse con afinidades coyunturales. Debe ser una política de Estado.

 

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Colombia necesita una postura firme, coherente y responsable

Venezuela seguirá siendo un país determinante para nuestra estabilidad regional. Por eso Colombia necesita una estrategia diplomática basada en:

  • Principios democráticos claros

  • Defensa de los derechos políticos y humanos

  • Protección del interés nacional

  • Coherencia entre discurso y acción

  • Independencia frente a gobiernos de turno

Una relación madura con Venezuela exige equilibrio: ni hostilidad permanente ni alineamientos que comprometan la autonomía del país.

Mi convicción es simple: la política exterior debe proteger a Colombia, no comprometerla.
Y el manejo de la relación con Venezuela debe reflejar esa responsabilidad.

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