La relación entre Estados Unidos y Colombia ha sido históricamente uno de los pilares diplomáticos más importantes del hemisferio. Por eso, rechazo los señalamientos que han surgido entre los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump, así como cualquier afectación a la soberanía de ambas naciones. De lado y lado ha habido excesos que deben señalarse con firmeza, especialmente por las consecuencias que esta tensión puede traer para el futuro bilateral.
En un momento tan complejo, la salida no está en la descalificación mutua ni en la escalada de declaraciones. La salida está en la diplomacia, en la responsabilidad compartida y en la necesidad de poner nuevamente en el centro a las familias migrantes, a la cooperación internacional y a los intereses estratégicos de ambos países.
La diplomacia como camino, no el escándalo
Mi compromiso es claro: trabajar como mediador para reconstruir la confianza entre Colombia y Estados Unidos, fortalecer los canales de cooperación y asumir con seriedad nuestra responsabilidad en la lucha contra las causas del narcotráfico y la migración irregular. Relaciones sólidas requieren diálogo, visión de Estado y capacidad de escuchar incluso en medio de la tensión.
Cuando en enero surgió un impasse diplomático tras la decisión del presidente Petro de suspender la cooperación aérea y aplicar nuevas tarifas, me correspondió liderar gran parte de las conversaciones con la Casa Blanca. Fue un trabajo contrarreloj, técnico y político, que permitió mantener abiertos los canales, llegar a un entendimiento y evitar una crisis mayor entre los dos países.
Esa experiencia dejó clara una lección: la diplomacia preventiva siempre da mejores resultados que la confrontación pública. Un líder que genera puentes evita que los países paguen el costo de los impulsos o los titulares.
Un liderazgo probado en crisis internacionales
No fue la única vez. También he manejado crisis con Argentina, El Salvador y Ecuador, siempre bajo una misma convicción: la política exterior debe proteger los intereses de Colombia, no convertirse en un escenario de peleas personales.
El verdadero liderazgo no se demuestra por los escándalos que protagoniza un gobierno, sino por las decisiones que toma para proteger la estabilidad diplomática y económica del país. Ese es el tipo de liderazgo que Colombia necesita en sus relaciones con Estados Unidos: uno firme, sereno y capaz de evitar que una diferencia política se convierta en una fractura estratégica.
Debate interno sí, ruptura no
En el gobierno de Gustavo Petro hubo diversidad de opiniones, y eso es sano para cualquier democracia. Todo líder necesita voces que le aporten equilibrio. Me enorgullece haber sido parte de ese círculo que ofrecía balance, incluso cuando eso implicaba discusiones difíciles siempre dentro de los canales institucionales y con respeto, porque creo en la deliberación y no en la confrontación.
Responder al ruido politiquero es fácil. Construir soluciones reales es lo difícil. Por eso mi enfoque siempre estuvo en resolver, no en buscar atención mediática. La política exterior de un país no puede depender del impulso del momento, sino de una mirada estratégica que privilegie la estabilidad sobre el ruido.
Hoy más que nunca, Colombia necesita mediadores
Ni la ruptura ni el ruido resuelven los problemas. Colombia y Estados Unidos necesitan puentes, no muros. Necesitan líderes que sepan escuchar, que comprendan los intereses mutuos y que tengan la serenidad para actuar sin caer en el espectáculo político.
Es hora de los mediadores.
Es hora de quienes entienden que la diplomacia no es debilidad, sino una herramienta de protección nacional.
Porque, al final, el verdadero liderazgo no se mide por los aplausos ni por los titulares, sino por la capacidad de unir en medio de la diferencia y de tomar decisiones que cuiden el futuro de la nación.





